Cuando tengo fiebre me siento más liviana y veo todo un poco más brillante. La expresión de las HSP me hace sentir rara.
A veces digo cosas que gatillan balas en tu cerebro. Lo sé aunque no digas nada. Puedo verlo en un breve parpadeo. No es adrede. De golpe la idea baja del cerebro hasta los labios, las palabras son moduladas, el sonido se propaga. Las balas salen una detrás de otra; impactan en la piamadre, atraviesan la aracnoides y acarician ligeramente la duramadre, mientras son bañadas persistentemente por chorros de líquido cefalorraquídeo. Luego quedará una ligera cicatriz. Más tarde el recuerdo se irá disolviendo. El camino es ida y vuelta, tal cómo deben ser los buenos caminos. La libertad de recorrerlo en más de un sentido se me hace imprescindible. Una tarde veo a un padre jugar con su hijo y mi mente va de A a B, de B a C, de C a X, de X a U, de U a alpha, de alpha a psi. Saltitos cósmicos que nunca voy a entender, derroteros laberínticos. Estoy llegando a psi y oigo tu voz que pronuncia psi, como si fuera lo más natural del mundo, como si no pudiéramos esperar otra cosa que no fuera psi. Y ahora son mis meninges, es mi parpadeo, es mi cicatriz. Lo bello es cada nodo, axones y dendritas que se ramifican, señales químicas o eléctricas; es intangible lo que perdura. Acá hay gato de Schrödinger encerrado, me repito de tanto en tanto, frente a la tipografía no esperada. El día que tenga un gato, se va a llamar psi.